22 Agosto 2008
Las vacaciones me han mantenido unos días al margen de mi mundillo bloguero y, como es normal, entre idas y venidas no he tenido ni tiempo ni ganas de sentarme frente al pc. Lo que no esperaba era que me reengancharía al blog para lamentar la desgracia aérea ocurrida en Barajas esta semana. Afortunadamente, no conozco a ninguna de las víctimas, pero soy consciente de que el maldito JK 5022 podría haber terminado en tragedia en alguna de las muchas ocasiones en que yo he tomado ese mismo vuelo. Estas cosas ocurren, y con la cabeza lo más fría posible (si se puede) hay que tener bien claro que nadie las desea. A falta de que se realice la pertinente y detallada investigación, lo que no puede hacerse -ni desde la opinión pública, ni desde la publicada- es cargar las tintas contra todo lo que se mueve y señalar culpables sin ton ni son. Tiempo al tiempo. Lo que ha pasado, ha pasado, no tiene vuelta atrás, y los asuntos complejos no pueden sujetarse a análisis banales y facilones.
Me uno al dolor de todas esas familias que a estas horas esperan poder enterrar como mínimo a uno de sus miembros, como también me sumo a la alegría de todos aquellos que han escapado vivos de tan desagradable trance. Mientras para los primeros el tal "dios" no existe, para los segundos sí existen los milagros. La vida y la muerte tienen esas paradojas, merced a las cuales nos damos cuenta de que muchas veces nos preocupamos en exceso por cosas que un triste accidente se puede llevar por delante cuando menos lo esperemos. Seguro que entre los pasajeros del citado vuelo había personas agobiadas porque habían perdido o temían perder sus empleos; otras desengañadas en cuestión de amores; otras deseando llegar a su destino de vacaciones para evadirse de algo o de alguien... Como también había recién casados, familias enteras que regresaban de un viaje inolvidable, o un misionero dedicado a facilitar la vida a otros seres humanos. Ahora ya nada importa, ni la felicidad ni la desdicha. Los suyos los recordarán (en eso consiste la vida eterna), y a los demás se nos irá pasando la indignación poquito a poco. Tristemente, es lo que hay.
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6 Agosto 2008
Hola de nuevo. Aparco por ahora mis gustos literarios, cinematográficos y musicales, para darles cuenta de algo que seguramente les parecerá obvio, o quizá no tanto. Me refiero a las excusas exóticas que se inventa la gente cuando no quiere hacer algo que sabe que tiene que hacer; la obligación puede ser laboral, familiar, moral o de cualquier otra índole, pero su importancia le resbala al escaqueador de turno, que se zafa de la misma mediante una frasecita tan pobre como sonriente.
Cuando alguien quiere escurrir el bulto a sabiendas de que no debería, recurre a una de estas frases mágicas:
1) "No tengo tiempo". Sí, todos conocemos a alguien que nunca nos llama (pero que siempre se acuerda de nosotros, eh) porque siempre está liadísimo. ¿Siempre? ¿Ni un solo día del año tiene cinco minutos para llamarnos y saludar? Vamos, que si tú lo dejas de llamar, nunca sabrás si sigue vivo o si ya falleció, porque solamente recibes sus señales de vida cuando tú haces el esfuerzo por obtenerlas. Tarde o temprano, llega un momento en que te cansas de llamar siempre tú, y más si en alguna conversación se le ha escapado que el otro día fue al cine con no sé quién, o que últimamente queda mucho con mengano. En tales casos, cruz y raya.
2) "No tengo dinero". Otra máxima de uso común entre cierto género de personas, que no pueden hacer esto o lo otro que tú les propongas porque andan mal de guita (con vistas a darte penilla y todo), pero que luego te cuentan que se han gastado 4 millones en una minivan, o que la semana que viene se van a pasar 15 días a un destino tan baratillo como Mallorca. Normal que no tengan perras; menos normal es que no las tengan para lo que no les parece.
3) "No tengo tiempo y no tengo dinero". ¡Eureka! He ahí la madre de todas las excusas, la infalible, el no va más. Alegremente esgrimida por personas sin el menor escrúpulo, capaces de regalar a su padre y a su madre a la beneficencia porque no tienen ni tiempo, ni pasta, ni ganas, para invitarles un domingo a comer. Eso sí, para vacaciones en el mar y otras mariconadas no les falta, de lo cual nos alegramos, pero es que entonces algo no cuadra. Es el mismo tipo de persona que nunca queda contigo para tomar algo, porque trabaja más que nadie en el mundo y además no tiene qué echarse al buche. Cuanto más te insistan en esta excusa, mayor razón para que no te la creas, por mucho dramatismo con que te la adornen.
Vale, todos hemos echado mano de estas mentirijillas, que otras veces han resultado ser ciertas, en más de una ocasión para deshacernos de alguien pesado o por simple inapetencia. Lo malo es cuando la misma persona recurre a estas mismas frases de forma habitual, y además con el fin de evitar algo que, le guste o no, por narices tiene que hacer, pudiendo además perjudicar a terceros si no lo hace. Es el arte de quedar bien a base de hacerlo mal.
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24 Julio 2008
Como lo prometido es deuda, hoy me toca darles cuenta de mis 10 películas predilectas. Me ha resultado bastante complicado reducir mis preferencias a solamente diez títulos, de entre tantos cientos de joyas que nos ha regalado la historia del celuloide, pero ahí las dejo, como siempre, sin estar necesariamente en orden:
1) "Cantando bajo la lluvia".
2) "El Padrino".
3) "El silencio de los corderos".
4) "Superman I".
5) "Ciudadano Kane".
6) "Desayuno con diamantes".
7) "Los pájaros".
8) "Forrest Gump".
9) "La chaqueta metálica".
10) "Sonrisas y lágrimas".
Ya ven que hay de todo, como en botica: cine musical, de intriga, bélico, comedia romántica... En la variedad está el gusto, y yo no tiendo a identificarme con lo que se llema "cine de autor", ni tengo ningún icono predilecto (nuevamente, hay tantos). También se habrán dado cuenta de que no he incluido películas españolas en mi listado. Admitámoslo, Hollywood -pese a sus evidentes pifias- es decididamente superior en creatividad, calidad y presupuesto a cualquier otra maquinaria cinematográfica. Pero bueno, para contentar un poco a todos, otro día colgaré un listado de películas "made in Hollywood" de las que es mejor olvidarse. Ahora que lo pienso, y precisamente por haberlas olvidado, me va a resultar bien ardua la tarea de rescatarlas de la memoria.
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17 Julio 2008
Si en mi último post compartí con todos ustedes mi afición por la lectura y un breve listado de libros que me han marcado para bien, es justo y necesario que hoy les prevenga -es un decir- sobre aquellas otras obras que me han impactado desfavorablemente. Para gustos, colores. Como siempre, el orden de los títulos es anárquico, aunque no altera el producto. Aquí van:
- "El código da Vinci" (Dan Brown).
- "El secreto" (Rhonda Byrne).
- "El condenado por desconfiado" (Tirso de Molina).
- "Huckleberry Finn" (Mark Twain).
- "Viaje a La Alcarria" (Camilo José Cela).
- "Hamlet" (William Shakespeare).
- "El cuento número 13" (Diane Setterfield).
- "La sombra del viento" (Carlos Ruiz Zafón).
- "Don Segundo Sombra" (Ricardo Güiraldes).
- La Santa (y manipulada) Biblia.
Serán todas ellas, o al menos algunas, obras maestras, pero a mí me han dejado como estaba antes de leerlas... Bueno, en algún caso no me han dejado igual: me ha cabreado que llamen literatura a lo que no es más que ocio pasajero, tan entretenido como carente de casi todo valor creativo.
Espero irles proporcionando poco a poco los correspondientes listados de películas y canciones para recordar y para olvidar. Como siempre, pasados por mi particular filtro, que comprendo que no tiene por qué coincidir con el de nadie más. Nadie piensa en cabeza ajena, ni siente en otro corazón que no sea el suyo propio. Pero por mi parte, es lo que hay.
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15 Julio 2008
Cuando eres capaz de leerte casi todo lo que te cae entre las manos, resulta bastante difícil distinguir el grano de la paja, aquellos libros que te han hecho más libre de aquellos otros que solamente vale la pena reciclar. Unas veces por obligación académica o profesional, y otras por pura devoción personal, los libros han formado parte de mí desde que a muy tierna edad aprendí a descifrarlos y a amarlos como el tesoro que son. Me refiero, obviamente, a los libros impresos en ese papel que lo mismo huele a rotativa que a librería de antiguo, aromas todos ellos embriagadores para quien se deja seducir por la magia lectora; por el contrario, los libros electrónicos son todo un admirable avance tecnológico al que, sin embargo, le falta ese poder de seducción que sólo florece cuando te sientas en tu sillón favorito y pasas tiernamente las hojas de papel perfumado en tinta. Todo un lujo insustituible.
De los libros siempre se aprende. Cuando se leen por pura erudición, se aprende adrede, y cuando se leen por el mero placer de hacerlo, se aprende sin darse uno cuenta. Los libros, del tipo que sean, suelen resumir en sus páginas la prosa y la poesía de la vida, o quizás seamos nosotros los que encontramos nuestra propia realidad condensada en ellos. Quién sabe...
A continuación deseo compartir con todos ustedes los títulos imprescindibles en mi biblioteca particular. Mejor o peor, ellos me han moldeado, me han emocionado, me han hecho rabiar, me han sugerido ideas, me han influido ideológicamente y me han consolado. ¿Qué libros han hecho todo esto, e incluso más, por cada uno de ustedes? He aquí mi "top ten" personal, en orden aleatorio:
- "Don Quijote de La Mancha" (Miguel de Cervantes).
- "El Conde Lucanor" (Don Juan Manuel).
- "Poema de Mío Cid" (Per Abat).
- "La Colmena" (Camilo José Cela).
- "El coronel no tiene quien le escriba" (Gabriel García Márquez).
- "El Padrino" (Mario Puzo).
- "Walden" (Henry David Thoreau).
- "El hombre en busca de sentido" (Viktor Frankl).
- Las obras completas de Khalil Gibran.
- "San Manuel Bueno, mártir" (Miguel de Unamuno).
Que me disculpen Machado, Vargas Llosa, Walt Whitman y tantos otros que -¿sin querer? -he dejado fuera de este breve listado, pero a quienes debo igual gratitud que a los arriba citados.
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14 Julio 2008
De lo que mucha gente tiene miedo es, simplemente, de pronunciar esa frase en voz alta. Por lo demás, miedo sentimos todos, a unas cosas o a otras. Los más atrevidos van por la vida exhibiendo una careta que tapa sus temores, los cuales suelen ser incluso mayores que los de cualquiera. Los más inhibidos llevan el miedo escrito en su rostro, y por ello no suelen necesitar verbalizarlo: basta acercarse a ellos para olerlo, justo como lo haría un perro.
Insisto en que, sin necesidad de ser personas asustadizas y endebles de carácter, todos tenemos nuestra ración de miedo asegurada de por vida. Miedo a las personas, a las cosas, a las situaciones, al pasado que nos persigue, al presente que no entendemos, y al futuro que ignoramos. No lo admitiremos nunca, o como mucho lo haremos entre bromas y veras, pero tratamos por todos los medios de ocultarlo ante propios y extraños, no nos vayan a tomar por idiotas. De todos es sabido que, desde el inicio de los tiempos, el factor miedo ha sido la clave de los poderosos para primero alcanzar y luego mantener su cuota de poder: el temor ajeno es igual a respeto y sumisión. Todos los imperios, todas las religiones y todos los centros de poder en general han basado su dominio en el citado factor miedo. "Si te acojono, me obedeces", es su consigna de cabecera. Funciona, vaya si funciona.
Desde el padre de familia que durante décadas mantiene a los suyos a raya, hasta el típico jefecillo cabrón que sabe que no te vas a jugar la hipoteca, pasando por el omnipresente cura de pueblo que pastorea almas como si fueran ganado, todos aquellos que no quieren perder su parcelita de poder manipulan las vidas ajenas a base de infundirles temor: o trabajas en el negocio familiar, o te quito hasta la legítima, a ver de qué comes; o te quedas haciendo horas extras hasta que salga la luna, o en la próxima reunión de directores cuestiono tu trabajo, y ya sabes cómo se lo toman; si no haces lo que yo te diga, serás mala persona en este mundo y en el que venga; si usted no se compra este coche, qué pensarán sus vecinos y compañeros... Suma y sigue, una vez tras otra y a lo largo de años, y la adhesión inquebrantable está garantizada.
Alguien dirá que el mejor remedio contra el miedo es la libertad, tanto de acción como de pensamiento. Vamos, algo así como que al que no le guste, que no mire. Lo malo es que solemos tener demasiadas cosas en juego -y los otros lo saben- como para ir por el mundo en plan feliz salvaje. Estaría muy bien poder hacer y decir lo que nos viniera en gana (pero sin faltar ni perjudicar, ¿eh?), y más aún si con ello lográramos poner en su sitio a quienes intentan manipularnos a base de temor, pero lamentablemente raras son las veces en que de verdad podemos darnos el gusto. No somos islas, sino naúfragos en busca de la primera tabla a la que asirnos para salvar el pellejo en este mar de tiburones. Sí, tenemos miedo, actuamos y dejamos de actuar por miedo, hablamos con y callamos por miedo... y eso es lo que nos pasa a absolutamente todos. Por eso mismo tenemos derecho, cada uno de nosotros, a decirlo sin tapujos. Si alguien se ríe, no olvidemos que la suya será una risa nerviosa causada por... el miedo.
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11 Julio 2008
Cuando casi toda tu vida es un encaje de bolillos tejido en papel de fumar y cogido con débiles pincitas susceptibles de caerse a la primera ventolera, constantemente sientes en tu interior la angustia de saber, casi de fijo, que en cualquier momento se va a destapar el pastel y se va a estampar en tu cara.
No me entiendan mal. No soy delincuente ni criminal de ninguna clase -aunque seguro que mucho mejor me habría ido en la vida de esa manera-, pero admito que determinadas circunstancias me han obligado a urdir una serie de medias verdades y de completas mentiras para escapar lo más indemne posible de la crueldad de cierto género de personas: aquellas que se regocijan haciendo leña del árbol caído.
Me habría gustado y me gustaría que las cosas se hubieran proporcionado de otra manera, pues no es esta ni mi forma de ser ni mi modo de hacer las cosas, pero los acontecimientos son los que son y yo bastante bien he capeado este temporal en absoluta soledad. Si la gente no sirve para echar un cabo, que tampoco esté ahí para echarte las culpas. Hice lo que tuve que hacer y dije lo que tuve que decir, mientras me moría de pura asfixia entre la espada y la pared. A veces no tenemos tanto margen de elección como quisiéramos, y debemos limitarnos a escoger lo menos malo entre unas pocas alternativas nada alentadoras. Es lo que hay.
En mi fuero interno lamento de corazón haber tenido que tomar (aunque no haber tomado) decisiones tan drásticas que, además, en algunos casos han afectado de lleno a personas muy cercanas y queridas. Sé que a estas alturas mi credibilidad está bajo cero, por lo que pedir un millón de perdones no serviría de nada, y por eso he preferido sostenerla sin enmendarla... Tirar hacia adelante monte arriba, en la larga espera de hacer ese monte mío y llegar a controlar mi nuevo territorio. Me está costando demasiado escalarlo, pero cuando emprendes un camino y te das cuenta de que no hay vuelta atrás, no te queda más opción que seguirlo casi a ciegas. Y en soledad.
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10 Julio 2008
El presidente de FIFA, Sepp Blatter, está muy preocupado por lo que él denomina "esclavitud moderna". Hasta ahí todos podríamos aplaudir su conciencia humana, si no fuera porque la esclavitud a la que hace referencia no es otra que el mercado (persa) de fichajes futbolísticos, a todo motor en esta época de verano. Menos mal que otras voces del mundo del balompié ya le han corregido públicamente, dejando bien claro que la expresión utilizada por Blatter no se puede admitir como metáfora: las diferencias entre los futbolistas actuales y los esclavos de todas las épocas son demasiado abismales como para jugar con el lenguaje de esa manera.
Blatter mostraba su preocupación por el hecho de que el astro portugués Cristiano Ronaldo esté teniendo muchos problemas para decidir su futuro profesional, ya que su equipo actual, Manchester United, no parece muy proclive a dejarle marchar. A ver, ¿cuántos añitos tiene ese imberbe? ¿25, por ejemplo, si es que llega? Bueno, pues que el señor Blatter y el propio Ronaldo piensen en el común de los jóvenes de esa edad (y de otras), y luego nos cuenten si sale más rentable ser un niño mimado del fútbol que gana lo que quiere por hacer algo tan útil como meter un gol aquí y allá, o ser un mierdauerista atrapado en un curro que odia porque cualquiera se atreve a sacar la patita afuera con la que está cayendo.
Me viene ahora a la memoria el berrinche que hace unos años se cogió Claude Makelele en el Madrid, porque "solamente" ganaba un millón de euros por temporada. Por mucho que en la hoguera de las vanidades futbolísticas ganar un triste milloncejo suponga ser un parias en medio de la élite, no deja de ser de muy mal gusto que ciertos profesionales se quejen de puro vicio, mientras por otro lado son aclamados por una masa que hace malabares para pagar la hipoteca. No me interpreten mal: me encanta el fútbol y soy parte de esa masa a mucha honra, pero entiendo que hasta el peor médico y el maestro más mediocre merecen mayor remuneración y más reconocimiento social que cualquiera de esas flores de un día que relucen sobre el césped mientras persiguen una pelotita. ¿Serán cosas mías?
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